En mi vida de casada he sido completamente fiel a mi esposo, salvo por mi “travesura” permanente de exhibirme ante otros hombres, cosa que hago con la total complicidad de él. Pero antes de casarme y estando de novia con quien luego sería mi esposo, la cosa no fue tan así. Recuerdo que en verano ambos trabajabamos en ciudades de vacaciones para niños. Y hubo una de esas vacaciones muy especial.
En aquella oportunidad tuve que ir a buscar chicos hasta un estado del interior del país para luego traerlos a Caracas, para disfrutar diez días de esparcimiento en un complejo con todas las comodidades. Mi novio, en cambio, debía presentarse directamente en el predio el día que los niños de distintos orígenes comenzaron a arribar. Después de un largo viaje muy aburrido, con un acompañante también muy aburrido que no dejo de hablar de si mismo para llamar mi atención, llegamos a destino.
En cuanto puse un pie fuera del bus fui recibida por el Director del complejo turístico, quien me trato muy atentamente e ignoró por completo a mi compañero y a los profesores de los otros buses. Solo habíamos tenido un par de contactos telefónicos previos a ese día o sea que no nos conocíamos personalmente, pero noté de inmediato que el había centrado toda su atención en mi. El era sumamente interesante, de buen físico, bronceado, simpático y muy seductor. En ese exacto momento comenzó entre nosotros un juego que duró diez días y durante los cuales el prácticamente hizo que me olvidara que mi novio y futuro esposo estaba trabajando en nuestro mismo equipo. Él me convirtió en la profesora privilegiada del grupo. A la hora de la siesta siempre aparecía su pequeño sobrino y se integraba a mi grupo para escuchar un cuento y de paso me traía un regalito (una flor, una golosina). Yo sabia que el lo mandaba.
Durante los almuerzos siempre venía hasta mi mesa algún niño que no era de mi grupo para darme un beso o un abrazo. Yo sabia que el lo enviaba. En todas las competencias o juegos yo siempre fui su pareja o formaba parte de su equipo. Yo sabía que el así lo organizaba.
Durante esos diez días hubo sugestivos cruces de miradas, chistes muy intencionados, elogios mutuos, piropos, roces, etc. Me gustaba saber que cada movimiento que yo hacía lo calentaba y me excitaba sentir su mirada permanentemente sobre mi nuca, tratando de no perder ningún detalle de mi cuerpo.
No se si el cayo en mi trampa o yo caí en la suya pero la cosa fue que, en los escasos momentos en que nos encontrábamos sin niños alrededor comencé a tratar de mostrarle todo lo que tenía para ofrecerle. Abría un par de botones de mi blusa para que pudiera ver con claridad la insinuante redondez de mis tetas, o con cualquier excusa me agachaba de espaldas a él para que apreciara la pequeñez de mis tangas y el nacimiento de mi surco de placer trasero. A su vez, al incorporarse, tanto el hilo trasero de mi tanga como buena parte de mi legging habían sido devorados por la raya de mi culo, quedando bien en evidencia la generosidad de mi oferta.
Al finalizar las vacaciones ambos habíamos llegado al tope de temperatura. Solo dos docentes no viajaron al interior para retornar a los niños a sus respectivos hogares. Uno de ellos era un profesor que había pasado completamente desapercibido y la otra beneficiada, lógicamente fui yo. Yo sabía que él así lo había elegido. Me despedí de mi novio casi con alivio. El debía viajar hacia una ciudad alejada del sur de nuestro país. Así fue que el otro profesor elegido, la doctora, el, y yo y unas pocas personas que se dedicaban a la limpieza del lugar nos quedamos esa noche en el complejo. Después de cenar, cada uno se fue a dormir a la misma habitación que había ocupado durante toda la estadía. Quede sola en una habitación enorme y muy silenciosa. Mi mente trataba de llegar hasta la figura de mi novio pero siempre desembocaba en mi Director. Las imágenes se fueron sucediendo como en una película, su cuerpo, su sonrisa, mis exhibiciones, los roces, las miradas de deseo. Todo hacía que yo me calentara mas y mas.
Ya había empapado mis dedos con mi propia saliva para masturbarme con esa sucesión de imágenes que no se detenía cuando de repente apareció él, con su cuerpo perfectamente torneado y desnudo, dejándome ver sin inhibición alguna su hermoso sexo, de excelentes proporciones, ya duro como el acero y caliente como una brasa, con su enorme cabeza descubierta, enrojecida y brillante.
No nos dijimos ni una sola palabra, comenzamos a besarnos con tal desenfreno que nuestras lenguas se encontraban mucho antes que nuestros labios. Me quito la tanga y el corpiño casi con desesperación. No hubo dulces caricias ni demostraciones afectivas, solo hubo sexo salvaje. No nos alcanzaban las manos para tocarnos. Nuestros cuerpos no se separaron ni por un momento y en medio del silencio de la enorme habitación solo se escuchaban nuestras respiraciones que ya le habían dado paso a los jadeos y gemidos de placer. Nos fundimos en uno solo. Nos revolcamos salvajemente hasta terminar en el piso donde, definitivamente, su vara caliente se sometió a mi boca, a mi lengua, a mis dientes y al túnel empapado de mi sexo. No duró demasiado pero fue eléctrico, fantástico, fulminante como la más certera estocada.
Extenuados y sin aliento nos separamos y sin un después cada uno volvió a su vida. Al día siguiente los juegos de palabras y las miradas continuaron como si nada hubiera pasado. Poco después yo me fui con mi novio y el con su esposa. Nunca más volví a verlo pero aun hoy en día, cuando con la complicidad de mi esposo dejo que otros hombres disfruten y se calientan mirando mi cuerpo, siento su mirada clavada en mi nuca como si mi Director me estuviera observando sin perderse ningún detalle.
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